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martes, 30 de octubre de 2007

Las Mañanitas

Todas las mañanitas al despertar, al asearme, al alistarme, al despedirme de mamá, al prevenir con oraciones mi salud, mis notas del colegio, mis avances escolares, algunos profesores, algunos amigos, algunos familiares lejanos, ajenos.
Al asomarme por el balcón para recoger la bolsa de pan francés que, más temprano aún, lanzó el viejo y bonachón panadero judío; me doy cuenta que mis padres están envejeciendo. No puede ser. Los años no solían pasar por sus mejillas ni sus frentes, pero ahora parece que la humanidad se está vengando de sus mejores hombres: mamá y papá.
Cuando estaba más pequeño gustaba de vivir en las faldas de mi madre, jugar con ella a lo que sea, a lo que se le ocurriera a ella, entrábamos juntos a su imaginación y me hacía participar de sus utopías. Yo me rendía ante su hermosura, ante su decencia, ante sus calurosas risas y ante sus gélidas lágrimas. Juntos los dos. Ella me enseñaba como vivir para después reprochármelo, y para reírnos también. Mi hijito, me decía, mi hijo mayor, varón, un varón me dio el Señor.
Papá llegaba del trabajo. Cariñoso. Se rendía ante la ternura de mi madre. Recuerdo aprovechar esos momentos para pedirle algún dinero. Los abrazos de mamá embriagaban a mi padre, lo volvían tonto, lo apasionaban; él le devolvía el cariño con un beso débil y con una sonrisa fuerte. Te amo, hija, le decía a mamá. Gracias.
Los fines de semana, me llevaba a jugar básquet y fútbol. Él me enseñó a manejar un balón con el pié. Yo miré al Perú en el mundial, hijo, eso sí fue fútbol, carajo.
Los años no podían hacerles daño, los tiempos remotos todavía estaban presentes con Daniel, mi hermano menor. Ahora él disfrutaba de la calidez de mamá más que yo, de los pases de balón, de las canastitas y de los goles de papá; y juntos disfrutamos de los besos suaves de ambos.
- Papá, vamos a permitirnos una pichanguita.
- No, hijo – me dijo – hoy no puedo, estoy muy cansado, otro día.
- Mamá, puedes contarme algo, no sé, mamá, cualquier cosa. Vamos a reírnos como antes, qué dices.
- No hijo – me dijo – Talvez mañana, ven aquí y duerme. Veamos televisión, esta película está buena.
Poco a poco se están volviendo más anticuados. Todo. Ya no se visten como antes, han cambiado sus palabras, se comportan más distantes, no añoran el pasado como deberían, están derrotados por los hijos grandotes, cada vez más todavía.
Y yo sólo me pongo a llorar como ahora que escribo. Porque todavía yo siento a papá dominando el balón, haciendo algunas cabecitas y retándome a que lo iguale; me siento torpe con el balón entre los pies, trato de hacer algo, imitar a mi padre pero me es imposible. Estoy elevando el balón le doy patadas pequeñas, ahora continúo con la rodilla (rodillitas), después subí el balón a la cabeza. Se me cayó. Papá está aplaudiendo. Te falta mucho hijo, me dice, pero eres un cachorrito atrevido.
No los voy a dejar envejecer así como ellos no me dejaron crecer. Por eso me levanto de mañanitas para servirles el desayuno. El pan lo estoy cortando con rapidez, le unto mantequilla. La leche está servida. Esto es necesario para mantenerlos fuertes, mamá y papá. No se preocupen más. Duerman tranquilos nomás.

lunes, 29 de octubre de 2007

Tercer año de secundaria, primeros síntomas

Siento que la mirada de Yesmilyn me acosa. No sé a donde ir. Si giro a un costado, si me dispongo a preguntarle algo al profesor, si me muevo para consultar con alguien más, si no me muevo, si no respiro. Sus ojos se han llenado conmigo, me alucinan, violan mis derechos de ser libre, me presionan contra la atmósfera de los amigos y amigas molestándome sin parar: “Bien, Anthony” “Ya la hiciste con Yesmilym” “Agárratela, man” “Ta fuertota la Yesmi, yo que tú…”, y demás y demás…
…Siento que deambulo entre acertijos: ¿Anthony y Yesmi son enamorados? No, pero puede ser, quién sabe. ¿Los dos quieren? Se nota. ¿Son tímidos? Sólo Anthony, talvez. ¿Qué le pasa a Anthony? Puede que sea gay.
Estos días he recibido varias cartitas hechas por Yesmilyn. El papel que emplea suele tener un perfume acogedor, así también: la tinta de sus lapiceros, sus plumones y sus manos.
“Hola Anthony…
Me pregunto cómo estás hoy. Siempre me pregunto eso chinito lindo. Te quiero de aquí al cielo ida y vuelta. Un beso. ¿Me preguntas dónde? Donde tú quieras chinito, ya sabes.”
No, no sé, gracias. A mí no me gusta Yesmilyn. Es una persona muy linda, siempre alegre, hasta entrañable; pero parece que acabara de aprender a reír y le gusta mucho, lo hace a sus anchas, sin tapujos, sin inhibiciones. Ríe. Y sus labios se estiran como a manera de diámetro en su rostro, se abren cual pitón embrutecido. Abre los labios sin prudencia. Suelta una carcajada estremecedora enseñando sus dientes aserrados hasta sus enciíllas oscuras. No me gusta.
Hoy su mirada me asecha más que otros días, estoy seguro. Sé que se ha enterado. Sus amigas me miran asustadas. Estoy buscando refugio en una de ellas: Esther.
- Hola Esther.
- Anthony, qué quieres, oye.
- Hablar un toque, un poquito nomás.
Hablamos. Está templada de ti, Anthony. Tú nada que ver, pero ella sí, al menos tienes que darle un beso, mira que todo da vueltas, algún día te vas a enamorar así, y no te van a hacer caso, vas a ver.
Un beso no, jamás de los jamases. Le puedo dar un abrazo sensual, ésos de ahora que trajo el perreo y su cultura, pero no un beso, nunca. Puedo hacer lo que sea menos besarla, por favor. Esos labios estridentes la alejaban de mi gusto, no podía besarlos, imposible.
- Además – le explico a Esther -, yo tengo enamorada – miento.
- Sí, ya sé. Todos lo sabemos. Yesmilyn está triste por eso.
La noticia de mi enamorada tácita la inventé gracias a Sandra, mi asesora en cuestión de amores. No funciona, igual me comprometí a besar a Yesmilyn. Será la otra semana, en la casa de Esther. Reconozco que no tengo personalidad, menos carácter, soy fácil de imponer órdenes, dócil, muy pasivo. Me consuela la idea de que nadie se va a enterar de esto. Me aturde el imaginar que todos se terminarán enterando. Un beso y ya. No puede ser tan difícil. A lo mejor será bueno el asunto. Estoy nervioso. Llego a mi casa como un zombi: perdido y deambulando. Entro a mi habitación. Abro mi diario desesperanzado. Escribo:
"Siento que la mirada de Yesmilyn me acosa. No sé a donde ir. Si giro a…"